el hombre se acerca a mí en el centro.
--tiene bellos ojos.
--gracias--digo, educada, pero sigo caminando, sin detenerme, sin mirarlo. hay exceso de echadores de piropos en el centro.
--son muy bellos-- insiste--. y raros. ojos así no se ven por aquí.
--gracias--reitero.
--esos ojos no son de venezuela.
--sí señor, sí son de venezuela.
--pero seguro que de padres extranjeros.
--sí señor, mi madre es española.
--¿usted es racista?--me pregunta y por fin lo veo. es negro. más joven que yo.
--no señor.
--mire, es que sus ojos son raros aquí, seguro que por allá por España es distinto.
--bueno, seguro allá es usted el que llama la atención-- le digo, convencida.
--¿todos por allá tienen los ojos azules?
--no señor, los españoles vienen de los moros, los árabes, hay gente morena. blancos, morenos, negros.
--ah, más o menos como aquí...--guarda la información lentamente en el disco duro y cambia de tema--¿me puede decir su nombre?
Se lo digo. El verdadero. No sé mentirle ni a un desconocido. En ese momento llego al Metro. El sigue otro rumbo.
--Chao, señor-- le digo.
-¿Le puedo pedir el teléfono para llamarla?
--No-- le respondo con amabilidad.
Se queda en silencio. Se ve que piensa en los motivos de mi negativa. Rápidamente llega a lo más convencional.
--¿Es casada?
--Sí--miento, siento que es la única excusa que entenderá.
Toma mi mano y la besa como un galán de viejas películas. Dos veces. Se despide gentil mirándome a los ojos. Bajo al Metro. Y admiro la inútil valentía de ese hombre al abordar a una mujer triste.