Ascensoristas y usuarios
Bajo ningún concepto, motivo, razón, causa o circunstancia el ascensor no debe de pasar del piso 6.
Oficialmente las paradas son S/2 - 2 - 4 - 6
Agradezco el cumplimiento de esta norma
El Técnico
(y por supuesto, el ascensor estaba en el piso 8)
............
Este letrero para mí es la mayor metáfora de todo esto: un discurso chorreado de reiteraciones inútiles de la misma cosa que, sin embargo, dicen lo contrario de lo que quieren decir, pero que exigen, ordenan y al final, en la ignorancia, despeinan sus propias palabras. La manifestación de una autoridad única que impone normas y restringe sin explicación y con una soberbia vengada por la mala gramática. Y la absoluta falta de credibilidad por parte de los que están ahí en el ascensor, en el país.
.....
lunes, septiembre 29, 2008
lunes, julio 14, 2008
domingo, junio 15, 2008
El señor Montejo
Mi mamá solía llevar a mi hijo Alejandro al kárate cuando era chiquito. Nunca hablaba con nadie, se sentaba a ver al nieto, orgullosa de que él se negara a pegarle al contrincante cuando tocaba combate. Mi mamá no era amiga de chismes ni de amistades de esas que sólo buscan hablar para demostrar que lo mejor es lo suyo. Por eso le huía a las otras señoras que hacían barra en el gimnasio.
Pero un día me contó que hizo un amigo. El señor llevaba y traía a su hijo, que tenía la misma edad del mío. Y así como ella contemplaba orgullosa a su nieto, él hacía lo mismo con el niño. Los dos permanecían silentes, sin caer en las provocaciones de aquellas mamás que se las echaban porque sus hijos eran cinta naranja. Ella respetaba el silencio de él y él respetaba el silencio de ella y eso los unía y los hacía únicos entre el coro de mamás histéricas aplaudiendo a sus cachorros. El era un elegante caballero, no elegante por la vestimenta, sino por otra cosa, era como un alma elegante y pulcra, elevada y limpia. El era más joven que ella y casi siempre venía de chaqueta y con algún libro en la mano. Solían estar ahí, callados ambos, acompañándose en su amor hacia los chamos. Y a ratos, cuando la rutina de los ejercicios era cansona, se ponían a hablar. No sé de qué hablaban y no me lo imagino, dos seres tan distintos, hablaban de Chacao quizás, de las calles, de los pocos árboles, de los niños, de la vida. Eso sí, sé que no comparaban las cualidades deportivas de los chamos, eso no importaba, ellos estaban ahí porque se divertían y estarían allí hasta que dejaran de divertirse. Seguramente tenían mucho de qué hablar. Mi mamá fue siempre una mujer sencilla, nunca tonta, muy despierta y poco crédula. Digna, me dijo en estos días alguien, y creo que no hay mejor definición sobre mi madre: una mujer digna. Me contaba que el señor era educado. Nunca me dijo que era culto, ni intelectual, sí educado. Y buen padre. Muy buen padre. Creo que tras las conversaciones con ella fue que él decidió cambiar a su hijo al mismo colegio donde estaba el mío. Creo que ella me dijo que él quería preguntarme y me preguntó, y lo conocí, y cuando lo vi y supe quien era, lo quise más de lo que lo quise por su poesía. Quise también al buen hombre que era. Al amigo de mi madre.
Gracias al cambio de colegio, los dos niños, mágicos, imaginativos, inventores, estudiaron juntos, se hicieron amigos y una vez, en mi casa, construyeron un cohete que los llevaría a la Luna. Un día él me invitó a su casa, y como papá orgulloso que era, me enseñó los primeros poemas de su chamo. Había uno de una rosa que lo conmovía. Y así como antes iba al kárate, ahora iba, como yo, a todos los juegodramas del colegio, a los actos de música y folklore. Siempre tratando de pasar desapercibido. Siempre callado. Brillando. Un señor. El señor Eugenio Montejo.
Mi mamá cumpliría 89 años hoy. Montejo partió hace pocos días a otro reino. Juntos quizás estén observando el universo. Callados. Y como hicieron en el kárate, se respetarán los espacios y los silencios. Serán amigos.
Pero un día me contó que hizo un amigo. El señor llevaba y traía a su hijo, que tenía la misma edad del mío. Y así como ella contemplaba orgullosa a su nieto, él hacía lo mismo con el niño. Los dos permanecían silentes, sin caer en las provocaciones de aquellas mamás que se las echaban porque sus hijos eran cinta naranja. Ella respetaba el silencio de él y él respetaba el silencio de ella y eso los unía y los hacía únicos entre el coro de mamás histéricas aplaudiendo a sus cachorros. El era un elegante caballero, no elegante por la vestimenta, sino por otra cosa, era como un alma elegante y pulcra, elevada y limpia. El era más joven que ella y casi siempre venía de chaqueta y con algún libro en la mano. Solían estar ahí, callados ambos, acompañándose en su amor hacia los chamos. Y a ratos, cuando la rutina de los ejercicios era cansona, se ponían a hablar. No sé de qué hablaban y no me lo imagino, dos seres tan distintos, hablaban de Chacao quizás, de las calles, de los pocos árboles, de los niños, de la vida. Eso sí, sé que no comparaban las cualidades deportivas de los chamos, eso no importaba, ellos estaban ahí porque se divertían y estarían allí hasta que dejaran de divertirse. Seguramente tenían mucho de qué hablar. Mi mamá fue siempre una mujer sencilla, nunca tonta, muy despierta y poco crédula. Digna, me dijo en estos días alguien, y creo que no hay mejor definición sobre mi madre: una mujer digna. Me contaba que el señor era educado. Nunca me dijo que era culto, ni intelectual, sí educado. Y buen padre. Muy buen padre. Creo que tras las conversaciones con ella fue que él decidió cambiar a su hijo al mismo colegio donde estaba el mío. Creo que ella me dijo que él quería preguntarme y me preguntó, y lo conocí, y cuando lo vi y supe quien era, lo quise más de lo que lo quise por su poesía. Quise también al buen hombre que era. Al amigo de mi madre.
Gracias al cambio de colegio, los dos niños, mágicos, imaginativos, inventores, estudiaron juntos, se hicieron amigos y una vez, en mi casa, construyeron un cohete que los llevaría a la Luna. Un día él me invitó a su casa, y como papá orgulloso que era, me enseñó los primeros poemas de su chamo. Había uno de una rosa que lo conmovía. Y así como antes iba al kárate, ahora iba, como yo, a todos los juegodramas del colegio, a los actos de música y folklore. Siempre tratando de pasar desapercibido. Siempre callado. Brillando. Un señor. El señor Eugenio Montejo.
Mi mamá cumpliría 89 años hoy. Montejo partió hace pocos días a otro reino. Juntos quizás estén observando el universo. Callados. Y como hicieron en el kárate, se respetarán los espacios y los silencios. Serán amigos.
martes, mayo 13, 2008
pájaros equivocados
El primer nombre, el de Papagayo, lo pegamos: Nos habían asegurado en la tienda de mascotas que era varón. También atinamos con el nombre de la que fue la primera señora de Papagayo: Esmeralda. La segunda mujer, blanquísima, también tuvo un nombre que daba en el clavo: Nieve. El problema empezó con los hijos. Ojito, el primero, de enormes ojos negros, se convirtió en Ojita a los pocos meses. Valentina y Cosita Rica tuvieron que masculinizar sus nombres y ahora son Valentino y Cosito Rico. Incluso, nos equivocamos con la personalidad. El Nene, si bien resultó siendo El Nene en masculino, se hizo precoz rápidamente y no hace más que frotarse cuando puede con cualquiera de sus hermanos varones. Ahora nacieron dos nietos de Papagayo, que cargan con la genética numimástica de su familia. Caleidoscopio fue el nombre que decidió Mariana para el primer pajarito aún pelado que se asomó por el nido. Pero un día, Caleidoscopio (hijo de madre azulada y padre verdoso) estrenó un plumaje blanco y negro que desdice de su nombre y lo emparenta con aquella abuela blanquísima. Esperamos que no termine transformado en Caleidoscopia.
Mi hija no se atrevía a ponerle un nombre al último, el más blanco de todos los que han convivido en esa jaula. No se atrevía, no sólo por la historia de los múltiples desaciertos, sino por la antipatía que le causaba ese pájaro que le lanzaba picotazos cuando intentaba tocarlo. Entonces mi hijo pensó en el mejor de los nombres para un ave de mente criminal: Ben Linus, como el líder de Los Otros de Lost. Vamos a ver qué tal le va, porque si sigue la tradición familiar, pronto se nos convertirá en la madre Teresa de Calcuta.
Mi hija no se atrevía a ponerle un nombre al último, el más blanco de todos los que han convivido en esa jaula. No se atrevía, no sólo por la historia de los múltiples desaciertos, sino por la antipatía que le causaba ese pájaro que le lanzaba picotazos cuando intentaba tocarlo. Entonces mi hijo pensó en el mejor de los nombres para un ave de mente criminal: Ben Linus, como el líder de Los Otros de Lost. Vamos a ver qué tal le va, porque si sigue la tradición familiar, pronto se nos convertirá en la madre Teresa de Calcuta.
domingo, mayo 11, 2008
Parejas XXVII: Mal paso
Pues hay personas que nos hacen sentir así, con pena ajena. Incluso podemos llegar a sentir pena ajena por los personajes de las historias que nos inventamos. Escribo y me sonrojo recordando lo que le pasó a ella, a esa mujer de ficción, hace más un año, tal vez dos. Primero hay que contar algo acerca de ella. Es una arquitecta seria y responsable, reconocida por la calidad de sus obras y por el impecable cuidado de su vida personal. En su medio es respetada, en la medida en que se puede respetar a una arquitecta de casas pequeñas, que no ha pasado a la magnitud de diseñar un edificio ni de un centro comercial, ni mucho menos de un urbanismo completo. Pero que se enorgullece de que se ha mantenido alejada del trabajo oficial, de las componendas y los sobornos. Con su trabajo menudo como un soplo, como los gorriones de Serrat.
Pues hela aquí. Ese día es la inauguración de la gran obra de ese arquitecto mayor, premiada internacionalmente. A ella –eso no lo hemos dicho aún- la mata su timidez y ha estado demasiado alejada de eventos, estrenos, reuniones y bautizos de libros porque no le gusta (nunca sabe qué hacer con las copas de vino a medio tomar) y además eso que llaman problemas personales (un portazo, una maleta que envió lejos, la tranquilidad de una poceta a la que nadie le levanta la tapa), ya hace mucho que no hace casas –ni siquiera tiene una propia- y se ha dedicado a enseñar a otros las artes que luego les servirán para ganar las licitaciones. Pues, bueno, ahí está, a medio arreglar y con un par de amigas solitarias, impecables y entaconadas. Bueno, no hay remedio, se dejó llevar. Le han dicho que no esté tanto tiempo encerrada, diseñando casas imaginarias en la computadora. En ese sitio están todos los arquitectos del país. Los que conoce de nombre, los que conoce de cerca, los que conoce de cama. Indudablemente saludará –aséptica- a ése con el que se acostó hace más de una década, que aún conserva esa sonrisa preciosa. Sin querer, dejará de saludar a aquel otro arquitecto que trabajó con ella y que le gustó tanto. Sus amigas le dirán que lo dejó con el saludo a medias. Eres antipática, odiosa. Ella se devolverá, le dirá uno de sus holas sin aspavientos. Teme mucho el rechazo y no es muy dada a las efusividades, menos aún a esa audacia de los extrovertidos. Sus amigas irán a pedirle un autógrafo al arquitecto de la obra, más por el arquitecto que por la obra, en realidad. Pero ella se aparta a un lado. Tiene sentido del ridículo. Quizás demasiado. Prefiere no moverse mucho para no meter la mata. No es de las que saldrían, espontáneas, a bailar reggaeton en una fiesta de carajitos. Mira de nuevo la reunión y se siente tan ajena. Quiere salir corriendo y refugiarse en el rincón cálido de su apartamento en el único edificio de pésima arquitectura que hay en su urbanización, una urbanización donde reinan los edificios cincuentosos con nombres italianos, de muros bordados en cemento y enormes balcones. Pero está allí y no hay nada qué hacer. Entonces lo ve llegar. Es él. Lo ha visto en fotos. Sus amigas lo confirman. Ella sólo ha leído sus ensayos arquitectónicos en Internet y ha visto dos o tres de sus obras, sembradas de forma perfecta en alguna colina de Caracas. Es más guapo en persona, dice una de ellas. Y esta mujer tiembla. El corazón se le va a salir y casi es hora de llamar al Dr. House. ¿Por qué no le hablas?, dice una de las amigas, atrevida y valiente gracias a sus tetas nuevas. Ni de vaina, qué le digo, yo no voy a pasar pena, dice ella, sin saber que le espera algo peor que simple pena, que quizás le espera la vergüenza, la humillación, el descrédito, la deshonra. Las amigas insisten, ¿quién quita? Y ella, con sus complejos confesables, insiste en que mejor no, que mejor se queda quieta en el rincón y que no sabe qué coño hacer con esa copa de vino malo. Pero ya ustedes saben, la insistencia femenina, el reto y claro, sin hacerse la víctima, también las ganas que siempre existen de meterse en líos. Entonces lo ve hablando con ese viejo arquitecto al que hace años que no ve y que sabe que la aprecia tanto. Y se imagina la escena: Ella lo saluda, él la presenta con elogios, luego se va y los deja hablando. Sabe que no pasará, pero igual avanza hacia él, sin saber mucho qué le dirá. Sus amigas la aúpan. Saben que estarán evaluando cada paso y se siente más inútil para las relaciones sociales, los trámites urbanos y la diplomacia. Entonces llega y saluda. Pero no llega como hubiese hecho cualquier persona civilizada y adulta. No se para al lado de los arquitectos, para permitir la natural convivencia entre tres interlocutores. No. Se atraviesa, le da la espalda al hombre guapo y estrepitosamente abraza al viejo colega. Dice algunas tonterías que no recuerda cuáles, y se siente entrometida y maleducada, pues interrumpió la interesante conversación que al parecer tenían los hombres. No sabe cómo voltearse para darle la cara al que tiene detrás, pues sabe que si lo hace, él notará cómo se enrojece aceleradamente, él notará lo avergonzada que está ella de un comportamiento tan atolondrado y poco elegante. Pronto se le acaban las palabras, ya no tiene nada qué decirle al señor al que tiene enfrente. Entonces se despide. Pero lo sucedido ahora sí que es en contra de su voluntad, ella lo jura, señor juez. Sin darse cuenta, toma la mano del viejo arquitecto y la besa. Sí, la besa. Como si fuese un Papa y ella muy religiosa. Como si fuese Dios y ella su sierva. Sabe que el otro la ha visto. No puede más. Siente pena ajena de sí misma. Se va corriendo. No ve a sus amigas, ni sabe dónde dejar la copa de vino malo, sino que corre, corre y corre. Se aleja de las pequeñas casas que alguna vez hizo y de ese pequeño apartamento donde supo refugiarse. Yo creo que aún sigue corriendo. Huye de ese mal paso. Llega tan lejos que cruza las fronteras. Por eso no es una persona real, por eso vive mejor en la ficción.
Pues hela aquí. Ese día es la inauguración de la gran obra de ese arquitecto mayor, premiada internacionalmente. A ella –eso no lo hemos dicho aún- la mata su timidez y ha estado demasiado alejada de eventos, estrenos, reuniones y bautizos de libros porque no le gusta (nunca sabe qué hacer con las copas de vino a medio tomar) y además eso que llaman problemas personales (un portazo, una maleta que envió lejos, la tranquilidad de una poceta a la que nadie le levanta la tapa), ya hace mucho que no hace casas –ni siquiera tiene una propia- y se ha dedicado a enseñar a otros las artes que luego les servirán para ganar las licitaciones. Pues, bueno, ahí está, a medio arreglar y con un par de amigas solitarias, impecables y entaconadas. Bueno, no hay remedio, se dejó llevar. Le han dicho que no esté tanto tiempo encerrada, diseñando casas imaginarias en la computadora. En ese sitio están todos los arquitectos del país. Los que conoce de nombre, los que conoce de cerca, los que conoce de cama. Indudablemente saludará –aséptica- a ése con el que se acostó hace más de una década, que aún conserva esa sonrisa preciosa. Sin querer, dejará de saludar a aquel otro arquitecto que trabajó con ella y que le gustó tanto. Sus amigas le dirán que lo dejó con el saludo a medias. Eres antipática, odiosa. Ella se devolverá, le dirá uno de sus holas sin aspavientos. Teme mucho el rechazo y no es muy dada a las efusividades, menos aún a esa audacia de los extrovertidos. Sus amigas irán a pedirle un autógrafo al arquitecto de la obra, más por el arquitecto que por la obra, en realidad. Pero ella se aparta a un lado. Tiene sentido del ridículo. Quizás demasiado. Prefiere no moverse mucho para no meter la mata. No es de las que saldrían, espontáneas, a bailar reggaeton en una fiesta de carajitos. Mira de nuevo la reunión y se siente tan ajena. Quiere salir corriendo y refugiarse en el rincón cálido de su apartamento en el único edificio de pésima arquitectura que hay en su urbanización, una urbanización donde reinan los edificios cincuentosos con nombres italianos, de muros bordados en cemento y enormes balcones. Pero está allí y no hay nada qué hacer. Entonces lo ve llegar. Es él. Lo ha visto en fotos. Sus amigas lo confirman. Ella sólo ha leído sus ensayos arquitectónicos en Internet y ha visto dos o tres de sus obras, sembradas de forma perfecta en alguna colina de Caracas. Es más guapo en persona, dice una de ellas. Y esta mujer tiembla. El corazón se le va a salir y casi es hora de llamar al Dr. House. ¿Por qué no le hablas?, dice una de las amigas, atrevida y valiente gracias a sus tetas nuevas. Ni de vaina, qué le digo, yo no voy a pasar pena, dice ella, sin saber que le espera algo peor que simple pena, que quizás le espera la vergüenza, la humillación, el descrédito, la deshonra. Las amigas insisten, ¿quién quita? Y ella, con sus complejos confesables, insiste en que mejor no, que mejor se queda quieta en el rincón y que no sabe qué coño hacer con esa copa de vino malo. Pero ya ustedes saben, la insistencia femenina, el reto y claro, sin hacerse la víctima, también las ganas que siempre existen de meterse en líos. Entonces lo ve hablando con ese viejo arquitecto al que hace años que no ve y que sabe que la aprecia tanto. Y se imagina la escena: Ella lo saluda, él la presenta con elogios, luego se va y los deja hablando. Sabe que no pasará, pero igual avanza hacia él, sin saber mucho qué le dirá. Sus amigas la aúpan. Saben que estarán evaluando cada paso y se siente más inútil para las relaciones sociales, los trámites urbanos y la diplomacia. Entonces llega y saluda. Pero no llega como hubiese hecho cualquier persona civilizada y adulta. No se para al lado de los arquitectos, para permitir la natural convivencia entre tres interlocutores. No. Se atraviesa, le da la espalda al hombre guapo y estrepitosamente abraza al viejo colega. Dice algunas tonterías que no recuerda cuáles, y se siente entrometida y maleducada, pues interrumpió la interesante conversación que al parecer tenían los hombres. No sabe cómo voltearse para darle la cara al que tiene detrás, pues sabe que si lo hace, él notará cómo se enrojece aceleradamente, él notará lo avergonzada que está ella de un comportamiento tan atolondrado y poco elegante. Pronto se le acaban las palabras, ya no tiene nada qué decirle al señor al que tiene enfrente. Entonces se despide. Pero lo sucedido ahora sí que es en contra de su voluntad, ella lo jura, señor juez. Sin darse cuenta, toma la mano del viejo arquitecto y la besa. Sí, la besa. Como si fuese un Papa y ella muy religiosa. Como si fuese Dios y ella su sierva. Sabe que el otro la ha visto. No puede más. Siente pena ajena de sí misma. Se va corriendo. No ve a sus amigas, ni sabe dónde dejar la copa de vino malo, sino que corre, corre y corre. Se aleja de las pequeñas casas que alguna vez hizo y de ese pequeño apartamento donde supo refugiarse. Yo creo que aún sigue corriendo. Huye de ese mal paso. Llega tan lejos que cruza las fronteras. Por eso no es una persona real, por eso vive mejor en la ficción.
lunes, marzo 24, 2008
Las barajitas de Facebook
Tengo, tengo, no tengo, tengo, tengo...Me gustaba coleccionar barajitas. Era necesario completar el álbum, tenerlas todas. No era fácil. Había que comprar muchos paquetes, y la mesada era poca. Las barajitas se repetían y se repetían. Diez mil veces la 33, la de Gus, el ratón de Cenicienta. Doce veces la 52, la de Gepetto fabricando a Pinocho. Una vez sola la 17, Campanita desamparada ante un Peter Pan indiferente. Y pasaban meses y quedaban ya 6, 5, 4 espacios por llenar en el álbum y se iban acumulando las barajitas sin sentido, en enormes paquetes que ya nadie estaba interesado en cambiar porque a todo el mundo le faltaban las mismas 3, 2, 1. Y cuando quedaban tan pocas, estaba la labor de convencimiento al afortunado que le había salido una difícil repetida. Sin embargo, siempre había una que faltaba. Ahora sé que en los kioscos abren los paquetes y venden carísimas las barajitas difíciles, pero se pierde la gracia, esa emoción única de abrir el paquete indicado y encontrar la esperada barajita y ser el primero en llenar el álbum. Porque llenar el álbum era un esfuerzo de perseverancia y honestidad.
Me he sentido un poco así con el Facebook. Siento que voy recogiendo, como si fueran barajitas, preciosos momentos en los rostros de mis amigos que voy encontrando. Y abrir cada correo -cada paquete- es encontrar un nombre del que hace mucho no sabría nada. Es verdad, se me han unido algunos que prácticamente no conozco. Y otros, que no me conocen, también quieren incluirme en su página. Siento que hay gente que tiene su montón de amigos desamigos para decir: mira, tengo a este actor, a este escritor, a este político, a este candidato, a este famoso. Tengo, tengo, tengo. Es verdad, he tenido la tentación -como casi toda la gente- de llenar el espacio de desconocidos, no importa, sólo para jugar a que tengo un millón de amigos -que no tengo- . Pero no, he preferido no hacerlo, y más bien, ir armando mi casting de épocas y de momentos. Lo principal, en realidad lo único importante, es haber ido encontrando poco a poco a esa gente que me marcó, es volver a mantener el contacto aunque sea viendo un día sus fotos, otro día sus ataques vampiros, otro día el número de países que han visitado, otro día qué personajes de disney son. No importa, están allí. Ahí está mi mejor amiga desde tercer grado hasta quinto año de bachillerato, está el muchacho ése que me gustaba tanto, está mi gran amigo de cuando nos creíamos unos escritores así como los personajes de Bolaño, está la gente que conocí cuando era guionista y cuando era reportera de economía y en mis tiempos en el nacional, gente de mi adicción bloggera, y gente que a lo mejor no estuvo muy cerca en aquellos tiempos, pero a las que me unen pequeñas cosas que salen a flote con la tecnología. Están mis hijos (por supuesto), están los que estudiaron conmigo en el colegio y en la universidad, están mis amigos de ahora y también los hijos e hijas de mis amigos. Quisiera reconstruir todos mis recuerdos en Facebook, pero aún hay barajitas que no consigo: No están los que jugaban conmigo en la plaza, ni los que trataban de enseñarme a bailar salsa en las fiestas de Chacao, ni los que estudiaron teatro en la escuela de Petare, ni tampoco está algún amor importante. Atesoro, pues, mis barajitas, pero aún no he llenado el álbum. Y eso es lo bueno: que hay álbumes que no se llenan, que siempre traen sorpresas. Tengo, tengo, no tengo.
Me he sentido un poco así con el Facebook. Siento que voy recogiendo, como si fueran barajitas, preciosos momentos en los rostros de mis amigos que voy encontrando. Y abrir cada correo -cada paquete- es encontrar un nombre del que hace mucho no sabría nada. Es verdad, se me han unido algunos que prácticamente no conozco. Y otros, que no me conocen, también quieren incluirme en su página. Siento que hay gente que tiene su montón de amigos desamigos para decir: mira, tengo a este actor, a este escritor, a este político, a este candidato, a este famoso. Tengo, tengo, tengo. Es verdad, he tenido la tentación -como casi toda la gente- de llenar el espacio de desconocidos, no importa, sólo para jugar a que tengo un millón de amigos -que no tengo- . Pero no, he preferido no hacerlo, y más bien, ir armando mi casting de épocas y de momentos. Lo principal, en realidad lo único importante, es haber ido encontrando poco a poco a esa gente que me marcó, es volver a mantener el contacto aunque sea viendo un día sus fotos, otro día sus ataques vampiros, otro día el número de países que han visitado, otro día qué personajes de disney son. No importa, están allí. Ahí está mi mejor amiga desde tercer grado hasta quinto año de bachillerato, está el muchacho ése que me gustaba tanto, está mi gran amigo de cuando nos creíamos unos escritores así como los personajes de Bolaño, está la gente que conocí cuando era guionista y cuando era reportera de economía y en mis tiempos en el nacional, gente de mi adicción bloggera, y gente que a lo mejor no estuvo muy cerca en aquellos tiempos, pero a las que me unen pequeñas cosas que salen a flote con la tecnología. Están mis hijos (por supuesto), están los que estudiaron conmigo en el colegio y en la universidad, están mis amigos de ahora y también los hijos e hijas de mis amigos. Quisiera reconstruir todos mis recuerdos en Facebook, pero aún hay barajitas que no consigo: No están los que jugaban conmigo en la plaza, ni los que trataban de enseñarme a bailar salsa en las fiestas de Chacao, ni los que estudiaron teatro en la escuela de Petare, ni tampoco está algún amor importante. Atesoro, pues, mis barajitas, pero aún no he llenado el álbum. Y eso es lo bueno: que hay álbumes que no se llenan, que siempre traen sorpresas. Tengo, tengo, no tengo.
sábado, marzo 08, 2008
Los payasos
No hay circo sin payasos, aunque los detestemos. Alivian la tensión producida por los trapecistas, nudo en la garganta en sus saltos mortales. Se saben paréntesis entre la creatividad hipnótica de la contorsionista y la valentía reposada del domador de leones. Desentonan sus risas forzadas tras el ímpetu del hombre bala. Sus torpes narices redondas deslucen ante el sombrero todopoderoso del mago. Son banales en su repetición de caídas, tortazos e insultos mientras el lanzador de cuchillos sale a escena para demostrar que en la vida no hay segundas oportunidades. Son disfraz, maquillaje y morisquetas, pero se desinflan ante la contundencia natural de la mujer barbuda.
No hay circo sin payasos.
Ni política.
No hay circo sin payasos.
Ni política.
martes, febrero 05, 2008
creatividad y humor 100% venezolanos
Llega a la playa el hombre que vende huevos...Para destacarse de los otros vendedores playeros de Paparo anuncia su producto a grito pelado con la frase:
"Aquí viene el huevón, viene el huevón..."(y como nadie le compra)"...y se va el huevón".
Y por supuesto, siempre hay un montón de tipos vendiendo mariscos con los ya populares nombres que juegan con la connotación picaresca de sus supuestos poderes afrodisíacos:
"...siete potencias, vuelve a la vida, rompecolchón..."
pero este vendedor, añade variantes nuevas:
"...salvamatrimonios, liberen a willy..."
(y siempre hay quien pregunta quién es willy)
"Aquí viene el huevón, viene el huevón..."(y como nadie le compra)"...y se va el huevón".
Y por supuesto, siempre hay un montón de tipos vendiendo mariscos con los ya populares nombres que juegan con la connotación picaresca de sus supuestos poderes afrodisíacos:
"...siete potencias, vuelve a la vida, rompecolchón..."
pero este vendedor, añade variantes nuevas:
"...salvamatrimonios, liberen a willy..."
(y siempre hay quien pregunta quién es willy)
jueves, enero 31, 2008
niños grandes
esta mañana, no podía guardar el carro en el estacionamiento. La multitud de hombres se agolpaba en la entrada. Eran decenas de tipos, de 30, de 40, de 50, de 60, todos de sexo masculino, mirando algo que yo no podía ver seporque me tapaban. Estaban los de la panadería, los del abastos, los de la fotocopiadora. Toda esa gente seria que uno ve todos los días tras los mostradores. Era tal el nivel de concentración, de interés y de angustia en los hombres que no tuve menos que pensar que algo había pasado. Arrollaron a alguien, creí en principio. O chocaron. O un vehículo se incendió. O se desprendió el ascensor del estacionamiento. Era como para pensar lo peor, porque todos estaban boquiabiertos, atontados y callados. Pero nada me daba indicios de lo que pasaba. Nadie se percataba de mi presencia. Por fin, uno de los hombres se dio cuenta de que yo tenía la intención de estacionar. Entonces me dieron paso y vi el objeto del interés colectivo: Un carrito a control remoto de 8 0 10 centímetros que se desplazaba a toda velocidad dirigido a la distancia por su dueño y que tenía el poder de convertir a todos sus admiradores, de nuevo, en niños.
lunes, enero 28, 2008
sexo sonoro
mi hija me cuenta sobre lo que hablan los chamos de octavo en el recreo. terapia de grupo, mamá, comenta irónica. los padres son el tema. en realidad la conveniencia de tenerlos divorciados. sobre todo por los efectos sonoros de la separación. en principio, por la calma del silencio. una muchacha explica que el mayor problema son los ruiditos nocturnos que los papás juran que nadie oye, un sexo en estereofónico del que son testigos los hijos desde el otro cuarto. ella compensa con el cable en nickelodeon a todo volumen. un muchacho se queja: él no tiene televisión en su dormitorio y tiene que aguantar el parlamento de quejidos. otra más protesta que lo que más le fastidia de la pelea de sus padres es la pronta -y escandalosa- reconciliación en la cama. distinguen clarito carantoñas, confesiones, peticiones, cochinadas. los adultos, en su asunto, olvidan que tienen oyentes. no apagan el volumen. ni aprenden a trabajar en lenguaje de señas.
viernes, enero 25, 2008
parejas XXVI. las fantasías
por chat, su amigo le pregunta por sus fantasías. ociosos ellos dos que, aunque están llenos de trabajo, se ponen a hablar de esas cosas en pleno mediodía, bajo la sequedad del aire acondicionado y con montones de compañeros de labores que van y vienen. La verdad que ella no es de estar hablando de esas cosas, siempre ha pensado que quien se promociona mucho en materia sexual es más teoría que práctica y termina decepcionando a la hora de la chiquita. Pero él insiste, maluco, sin más intención que la curiosidad pues no hay nada entre ellos, son amigos y un poco cómplices, nada más que eso, ella sabe quién es el verdadero amor de él, él sospecha y sabe de algunos amores de ella. Entonces, pues, ella se deja llevar por la conversación y, porque la verdad sea dicha, está un poco aburrida de estar escribiendo el reportaje de ese día. Y él le va sacando poco a poco la información, claro que ella no es tan ingenua, ella se deja, pícara, porque también se divierte, también se le sale un poquito la maldad y la coquetería. Y entonces le cuenta alguna fantasía y él pregunta, como si la entrevistara, y ella contesta y también esconde y añade más picante y se ríe frente a la computadora y delante de sus colegas preocupados por alguna declaración de Chávez. Y él también cuenta y ejemplifica y detalla algún asomo de obscenidad. Y a veces coinciden en sus gustos, y a veces no, y por momentos él suena machista y lugarcomún y ella se lo dice, y por un instante ella suena ingenua, pero después se pone atrevida y cuenta hasta lo que no debe contar. La conversación se interrumpe en algún momento por culpa del saboteo de Internet y él piensa que ella se ha puesto brava y ella piensa que a él le llegó algún jefe y tuvo que apagar tanta lujuria virtual. Después ella va caminando hacia el metro y piensa en las fantasías. Y es que hay fantasías que se cuentan y fantasías que no, fantasías perfectas para compartir en la intimidad y fantasías que podrían dañar una relación para siempre, y hay fantasías como para morboseárselas solito y hay fantasías sin valor si no se exhiben ante un oyente ávido de estímulos. Hay fantasías para hacer realidad y hay otras que mejor se dejan en la pura imaginación. Hay fantasías que animan y otras que frustan, y fantasías permitidas, prohibidas, perversas, dañinas. Y por supuesto que habrá fantasías que ni siquiera se desean fantasear sino que solitas se meten en los sentidos, sin autorización. Y fantasías que pueden costar el lado de la cama. Fantasías homosexuales, heterosexuales, bisexuales, grupales, tribales. Fantasías muy tontas y fantasías muy peligrosas. Fantasías con rostros conocidos o fantasías con cuerpos imposibles. Fantasías que pierden el sentido al materializarlas y fantasías otras que, al hacerlas carne, uno se pregunta por qué las dejó tanto tiempo en fantasías. Las fantasías no son tan fantasías, o sí lo son, pero a veces se revuelven tanto en la realidad que no hay modo de subordinarlas. Eso sí, las fantasías animan, avivan, calientan, aceleran, despabilan, empujan, desentierran. Y casi siempre están muy vivas.
miércoles, enero 23, 2008
martes, enero 22, 2008
parejas XXV. El cierre
En realidad ella prefiere no verte. ¿Por qué? Porque verte es maravilloso, porque cuando te ve es feliz, porque cuando está contigo está todo el tiempo sonriendo, porque se divierte contigo y es libre contigo y hasta es pícara y coqueta, porque se le desata su humor y su genialidad, porque hay una complicidad que los une que a los segundos a ella se le transforma en amor. Aunque no haya sexo -y todos sabemos cuánto enamora el sexo-, aunque no haya ni siquiera escarceos (solo alguna vez algunas indirectísimas insinuaciones, que a lo mejor tenían más de imaginación que de propuesta). Entonces ella dice: mejor no verlo. (Mejor no verte). ¿Para qué? Para ella, verte es constatar que son el uno para el otro porque ella también te alegra y lo sabes, por lo menos eso le haces creer, verte es saberse la mujer para ti, pero verte es saber a la vez que no lo es. Verte, además, es confundirla. Ella dice: El me mira, y a veces siento que me dice que soy yo, que qué espero para constatarlo, a veces siento que me pide que sea yo quien me atreva. Pero es mentira y lo sabe ¿o no lo sabe, o sigue creyéndose el cuento?: Tu no la miras, tú no le pides nada, al menos no literalmente, al menos no reiteradamente. Entonces lo mejor es el retiro. El cierre. Es mejor no verte aunque sea tan feliz al verte. Es mejor no saber. Es mejor no verte para alimentar ni lo que es ni lo que será. Es mejor salir corriendo. Es preciso jubilarse antes de tiempo.
sábado, enero 19, 2008
Adriano
Nunca había visto a un profesor llorar en clase. Hablabas de Juan Rulfo, recuerdo, y al comentar su obra te salieron gordos lagrimones.
Cuando leí País Portátil entendí que tu sensibilidad y tu talento estaban también en tu escritura, en esa novela grande que debería ser lectura obligatoria para mirar el país.
No todos los alumnos entendían tu pasión al hablar de Lezama Lima, de Borges, de Cortázar. Tú lo sabías. Algunos habían tomado esa materia electiva sólo para tener los tres créditos necesarios para completar el semestre. Entonces cuando entrabas a ese salón feo de la escuela de Comunicación Social de la UCV apuntabas con el dedo y de veinte estudiantes escogías a dos, tres, cuatro. "Sólo a estos les doy la clase".
Siempre me apuntaste con tu dedo.
Creo que también era de las que lloraba en clase. Y me he aguantado los mocos para no ser ahora de las que lloran dando clase.
Para alguna tarea, hice un cuento.
Un día alguien llamó a mi casa. Una voz de hombre se detuvo a narrar durante hora y media aquel relato mío de unos niños y una casa abandonada y un escarceo sexual torpe. Pensé que era alguno de mis amigos que había leido lo que yo había escrito y le había gustado. Luego esa voz, tu voz, dijo generosas palabras sobre mi intento narrativo. Recuerdo que me dijiste que era la primera vez que la palabra totona se registraba en un cuento. Me hiciste bien. De algún modo, en esos veinte años míos tan inseguros, me nombraste escritora. Y aunque no he sido consecuente con mi nombramiento oficial, sé que es mi deuda. Y es mi gran error interrumpirla, posponerla.
Cuando leí País Portátil entendí que tu sensibilidad y tu talento estaban también en tu escritura, en esa novela grande que debería ser lectura obligatoria para mirar el país.
No todos los alumnos entendían tu pasión al hablar de Lezama Lima, de Borges, de Cortázar. Tú lo sabías. Algunos habían tomado esa materia electiva sólo para tener los tres créditos necesarios para completar el semestre. Entonces cuando entrabas a ese salón feo de la escuela de Comunicación Social de la UCV apuntabas con el dedo y de veinte estudiantes escogías a dos, tres, cuatro. "Sólo a estos les doy la clase".
Siempre me apuntaste con tu dedo.
Creo que también era de las que lloraba en clase. Y me he aguantado los mocos para no ser ahora de las que lloran dando clase.
Para alguna tarea, hice un cuento.
Un día alguien llamó a mi casa. Una voz de hombre se detuvo a narrar durante hora y media aquel relato mío de unos niños y una casa abandonada y un escarceo sexual torpe. Pensé que era alguno de mis amigos que había leido lo que yo había escrito y le había gustado. Luego esa voz, tu voz, dijo generosas palabras sobre mi intento narrativo. Recuerdo que me dijiste que era la primera vez que la palabra totona se registraba en un cuento. Me hiciste bien. De algún modo, en esos veinte años míos tan inseguros, me nombraste escritora. Y aunque no he sido consecuente con mi nombramiento oficial, sé que es mi deuda. Y es mi gran error interrumpirla, posponerla.
jueves, enero 10, 2008
los niños no existen
para mary
Uno
Entrevisto a un grupo de niños que están en situación de riesgo y se recuperan en una casa hogar. Les digo que me cuenten sus historias. Uno responde, con seguridad y precisión: "No tengo historia". Yo le comento que eso no es cierto, que todos tenemos historia, que a todos nos han pasado cosas buenas y malas. Entonces me mira, desconfiado, escrudiñándome y me pregunta, como si no lo pudiera creer, en un tono que es casi un grito: "¿A usted le han pasado cosas malas?"
Dos
Voy a una casa que fue invadida por dos familias. Un policía está en la calle e impide la entrada. Le pregunto cuántas personas están dentro de la vivienda. "Tres personas", afirma serio. Me extraña su respuesta, pues yo tenía la información de que eran más y le vuelvo a preguntar si está seguro de que ése es el número de personas que hay adentro. "Sí, tres personas", responde malhumorado pensando seguramente que yo era sorda o tonta. No le creo e insisto en cuántos adultos y cuántos niños hay allí. Y entonces me dice: "Ya le dije, son tres personas... y ocho niños".
Uno
Entrevisto a un grupo de niños que están en situación de riesgo y se recuperan en una casa hogar. Les digo que me cuenten sus historias. Uno responde, con seguridad y precisión: "No tengo historia". Yo le comento que eso no es cierto, que todos tenemos historia, que a todos nos han pasado cosas buenas y malas. Entonces me mira, desconfiado, escrudiñándome y me pregunta, como si no lo pudiera creer, en un tono que es casi un grito: "¿A usted le han pasado cosas malas?"
Dos
Voy a una casa que fue invadida por dos familias. Un policía está en la calle e impide la entrada. Le pregunto cuántas personas están dentro de la vivienda. "Tres personas", afirma serio. Me extraña su respuesta, pues yo tenía la información de que eran más y le vuelvo a preguntar si está seguro de que ése es el número de personas que hay adentro. "Sí, tres personas", responde malhumorado pensando seguramente que yo era sorda o tonta. No le creo e insisto en cuántos adultos y cuántos niños hay allí. Y entonces me dice: "Ya le dije, son tres personas... y ocho niños".
domingo, diciembre 23, 2007
sábado, diciembre 22, 2007
parejas XXIV. Los "peos"
iban por la francisco de miranda. todas, quizás, de treinta, poco más, poco menos, que de por siempre la edad de las mujeres es indefinida. todas con su uniforme de banco. todas a almorzar juntas. todas hablando al mismo tiempo. sólo pasé a su lado. sólo oí un hilo de la conversación. la frase de una de ellas: "...tenemos nuestros peos, como todas las parejas, pero...". entonces, en mi mente, divido la oración. "nuestros peos" (pelean, pues, no todo es color de rosas, hay malas caras quizás en la mañana, algún malhumor nocturno, pero no habla de problemas, que suenan a mayor temporalidad, sino de peos, que aún molestos, son cortos, eventuales). "como cualquier pareja" (minimiza los peos al generalizarlos, son peos de todos y en esa democracia de peos se entiende que siempre ocurrirán, que hay cierta inevitabilidad en los peos, quizás el peo se reduce a que el hombre orina sobre la tapa de la poceta o a que ella deja colgadas las pantaletas lavadas en la regadera). pero viene la última parte, viene el magnífico "pero" (que por ser una conjunción adversativa, contradice lo anterior, por lo que anuncia esperanza, por lo que dice que lo otro no importa, todo se superará, que se puede seguir viviendo con un tipo que deja los platos sucios o una mujer que salga tarde de la oficina). La sencilla frase de la muchacha la conecté con una canción del disco Rodolfo de Fito Páez que cuenta como el amor supera las distintas crisis por las que pasa una pareja, los deseos de libertad de uno, el hastío del otro, la necesidad de mirar a alguna otra parte de uno, las incertidumbres de otro. Y transcurren divergencias, enamoramientos inesperados, desajustes, desconciertos.
Lo sabemos, no es el "y vivieron felices por siempre, comiendo perdices". Una pareja es un barco que se lanza al océano, no precisamente en aguas mansas. Y hay fallas mecánicas y maremotos y tiburones. Hay buenos navegantes y los hay que naufragan y los hay que se devuelven al puerto firme de la casa de mami y los hay que se pasan a otro barco y los hay que se ahogan. pero eso sí, desde ese barco se ven magníficos atardeceres casi siempre, y las noches son cálidas y hay hombros y brazos y unos labios para tus labios.
Lo sabemos, no es el "y vivieron felices por siempre, comiendo perdices". Una pareja es un barco que se lanza al océano, no precisamente en aguas mansas. Y hay fallas mecánicas y maremotos y tiburones. Hay buenos navegantes y los hay que naufragan y los hay que se devuelven al puerto firme de la casa de mami y los hay que se pasan a otro barco y los hay que se ahogan. pero eso sí, desde ese barco se ven magníficos atardeceres casi siempre, y las noches son cálidas y hay hombros y brazos y unos labios para tus labios.
jueves, diciembre 20, 2007
RIF G-20003090-9
Resulta que los avisos del POR AHORA que están en el metro y en algunas grandes avenidas tienen RIF. Y el RIF -tal como informa El Universal- pertenece al Ministerio de Comunicaciones e Información. Ya tiene que desenmascararse y cambiarse el nombre por lo que realmente representa su función única: MInisterio de Propaganda. Para eso quedó.
lunes, diciembre 17, 2007
Por ahora
Los luce desvergonzado, como si fuera así y hay que verlos a juro. El Metro de Caracas colocó dentro de sus instalaciones decenas -centenas- de avisos que con grandes letras rojas dicen POR AHORA. Como si no fuera un servicio público. Como si no fuera el principal medio de movilización de Caracas. Como si no fuera de todos. Como si fuera un partido político. Es abusivo. Es irrespetuoso. Es cínico. Es desesperado también. Uno se pregunta que como para qué amaneció el Metro con la famosa frase de Chávez reciclada del 92. ¿Como para joderles las navidades a los del NO? ¿Como para amenazarles? ¿como para predecirles el 2008? Y pregunto ¿por qué no invertir en más trenes? ¿en mejores escaleras? ¿en más personal? ¿en letreros informativos de no atropelle a la señora, mijito; de no empuje, zagaletón? ¿por qué no relanzarse a sí mismo como el metro de primer mundo que se soñó en los ochenta? Se presta para la propaganda, para la discriminación, para la intimidación. Es un panfleto. Dejó de ser Metro. Es, si acaso, un milímetro.
viernes, diciembre 14, 2007
parejas XXIII. simbiosis
el alumno y la maestra. la doctora y el enfermo. el profesor y la estudiante. el analista y la paciente. el vendedor y el cliente. la torturada y el torturador. el preso y el carcelero. la víctima y el victimario. el secuestrado y el secuestrador. el conductor y la pasajera. la secretaria y el jefe. el abogado y el defendido. el editor y la escritora. el director y la actriz. la enfermera y el atendido. el que da y el que recibe. esas parejas circunstanciales sin sexo. esas relaciones simbióticas que a veces llevan al amor. al platónico. al compartido. al equivocado. al real.
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