viernes, diciembre 02, 2005

el metro

Inicio de Evento 1 en la estación Chacao, anunciaron los altoparlantes. Un eufemismo de otro eufemismo: Un arrollado en la estación Chacao. En realidad todo ese regodeo quiere decir que alguien se tiró en el metro, alguien se quiso matar y lo vio fácil ante la velocidad del tren y la posibilidad de cerrar los ojos y olvidarse. Creo que todos odiaron al que se lanzó, lo odiamos, por elegir la muerte un miércoles a las 7:00 pm cuando uno llega tan cansado del trabajo o de la universidad. Sin embargo, yo siempre pienso en la historia de ése que tomó la decisión y me da un no sé qué estar pensando en que voy a llegar unos minutos tarde a mi casa y que me preocupe eso y me dé rabia eso más que esa vida ajena. Pero mientras pienso en esa vida ajena un momento ¿estaría solo o sola? ¿tendría hijos? ¿estaría sin trabajo?, sin embargo el que está a mi lado lo insulta, "coño de su madre", y se queja, "coño de su madre" porque sabe que llegará tan de noche a la estación que no podrá tomar camionetica hasta su casa.
Un arrollado en Chacao. Y se hace tarde. Y mis niños sin comer, esperándome para ir a cenar sushi por una celebración que tenemos porque pasó algo requetebueno que hay que celebrar. Los llamo. Espérenme.
15, 20 minutos.
Fin de evento 1 en estación Chacao. SUena un suspiro de alivio colectivo. Pero en seguida, sin oportunidad para el respiro, se oye el segundo llamado. Inicio de evento 1 en estación Sabana Grande. "Otro arrollado", se asombra alguien. Esta vez dicen que el evento 1 es un tren con fallas. El operador, por altavoz, repite varias veces que hay retardo en el servicio de trenes. Pronto cambiará el discurso por "fuerte retardo". Las personas se amuñuñan, nos amuñuñamos, en el único tren que permanece quieto en la estación, con las puertas abiertas, "entren que caben cien" (cien mil, dirán). Más gente amuñuñada y más repeticiones de fuerte retardo. Los cuerpos sudan, sudamos, contra los cuerpos de desconocidos. Oímos la conversación de cada ocupante del vagón. Una hermandad. No hay territorio. Todos contra todos. Todos con el mismo sentimiento. Con la misma arrechera. "Coño de su madre", esta vez dirigido al metro mismo, como si fuera un señor que nos frena. LLamo por celular a mis hijos, les digo que se olviden de la cena fuera, les cuento que estoy agotada, que si sigue la vaina me voy a desmayar. Alguien a mi lado me grita "no se desmaye, señora" y siento que todos se saben mi vida. Piden por altavoz desalojar el tren. Millones de personas poblamos la estación, somos tigres en espera de la presa: el próximo tren que llegará lleno seguro. Seres primitivos, en supervivencia para llegar a la casa. Algunos, débiles, optan por subir a la avenida y tomar las atestadas camionetas. Yo espero, me aseguro que soy de los fuertes de la especie, que lucharé por mi lugar. Llega el nuevo tren, hay golpes y porrazos entre quienes salen y entre quienes queremos entrar. Logro un puesto apretadísimo sin derecho a barra en la cual sostenerme. Otros prefieren quedarse en la estación, resignados se sientan, incluso se acuestan en el suelo. Una comunidad sumida en tragedia. Yo permanezco en el puesto de los privilegiados, estamos como sardinas en lata, sufrimos más en realidad, pero tenemos la primera prioridad para ser removidos del sitio. 15, 20, 40, 50 minutos -ya somos íntimos- después el tren emprende marcha. Hay quien aplaude. Alguien se felicita: resistimos, no cedimos a la tentación de las camioneticas atestadas, y ganamos. Llegamos a Sabana Grande. Nuevo desalojo. Todos salimos del tren. Se cierran las puertas. Pero vuelven a abrirse y con optimismo volvemos a entrar. De nuevo nos obligan a salir, algún dios disfrazado de funcionario reta la paciencia de unos caraqueños arrechos. Un experimento, quizás. Cuánto somos capaces de aguantar antes de asesinar a alguien. Un tipo grita: Esto es un saboteo. Varios hombres parecen querer armar un escándalo. Pienso en las elecciones. Pienso en el 4 de febrero. Un aumento de pasaje en Guarenas fue el detonante. Veo las caras fúricas. Esas ganas frustradas de todos ellos que recién cobraron y quieren quitarse los zapatos, tomarse una cerveza, ver la novela, degustar el bien merecido sexo. Creo que en cualquier momento puede pasar algo y, cobarde, subo (luego me enteraría que sí pasó algo: una bomba lacrimógena fue lanzada en una estación del oeste). Eso sí, me resisto a las camioneticas. Empiezo a caminar a las 8:30 de la noche por un boulevard de Sabana Grande que se desmantela. Los buhoneros también quieren descansar. Hay colas en los perrocalienteros. Muchos de los usuarios del Metro han subido a superficie a saciar el hambre. Pero la mayoría de esa masa camina hacia el este o hacia el oeste rápida y rítmicamente, hay caras hastiadas, nadie ve las vitrinas. Todos odiamos el Metro. Aunque al día siguiente, diablos, tengamos que volver a montarnos en el Metro.

5 comentarios:

Martha Beatriz dijo...

Esto es una descripción perfecta de lo que se siente: un día, ya viviendo aqui y visitando allá, pasó algo similar y yo me decía "carajo, la gente no protesta, no arma un rollo!". Veo que ha cambiado poco, aunque insulten a los "causantes"

Silmariat, "El Antiguo Hechicero" dijo...

Me traes memorias y recuerdos de días en metros, de noches en metros, de vidas en metros.

Todo lo mejor para Usted!!!

Troka dijo...

¿El comportamiento habría sido el mismo de haberse producida la demora en la mañana??
Abur.-

Kareta dijo...

Me recuerda a mis días de universidad, al salir de clases en las horas pico la estación Plaza Venezuela era y es aún un desastre...digame cuando no hay aire acondicionado en los vagones, se pueden oler todos los aromas de la capital :-$

Rodolfo dijo...

Salgo apresurado con un amigo a la función de cine en el Marqués. Una de esas privadas para periodistas, el mismo día que es la gala del Caracazo y la cata de vinos gratis en el Tolón para la que no tengo invitación. El amigo con el que ando dice: "empezó diciembre mejor vámonos en camioneta".Yo le digo que no , que el metro es más rápido aunque tengamos que bajar tres cuadras más para llegar hasta él.

Llegamos al Metro y cuando estamos por pasar por el torniquete el anuncio: los trenes presentan retraso. "viste", me dijo, "empezó la navidad y a la gente le gusta suicidarse a esta hora para joderlo a uno, parece que no sabes como son las vainas en Caracas". Dimos media vuelta y a subir de nuevo las cuadras que habíamos bajado.Buscamos un carrito. COnseguimos uno. Hay algo de espacio libre entre el primer escalón y la puerta trasera."Subanse que este es el último carrito", nos dice el cobrador, mataron a un conductor y en la línea nadie quiere trabajar".Nos quedamos allí parados al lado de un niño y una muchacha con uniformes de la marina mercante. El niño le respondía a mi amigos las preguntas que el impertinentemente hacia que si le tocaba estudiar todo el día, que si tenía que levantarse muy temprano y el niño respondía que no, que generalamente no tenía que hacerlo que solo cuando había marchas que lo tenía que hacer a las cinco de la mañana. Mi amigo cada vez más apretado conforme más gente iba subiendo ya bromeaba a la altura de la avenida Libertador: "estamos como en Londres, nos hace falta el segundo piso", "súbanse, GUarenas directo, guarenas directo". EN la Libertador nos enteramos que al parecer unos vagonos habían chocado en Sabana GRande.NO me imaginaba comopodía ser eso, pero era el cuento."Corránse hacia atrás" decía el conductor y uno no podía dejar de preguntarse hacia atrás dónde porque hasta había gente guindando de la puerta trasera.

A la salida de la Libertador, ya en la Francisco de Miranda se empezaba a ver las masas de gente caminando de un lado a otro. A la altura de la torre KPMG la gente que venia de Chacaito de un lado o la que iba para Chacao del otro. Y el camino solo fue empeorando. A la altura del MEtro de Chacao las masas de gente aumentaban, una ambulancia estaba afuera de la estación.La gente esperaba carritos pero uno tras otro pasaban full. Caminaban, caminaban con destino incierto pues una tras otra las estaciones estaban a reventar de gente: Altamira, Parque del Este incluso en Los Dos Caminos se notaba que algo estaba pasando en la ciudad. Cuando llegué a El Marqués el problema no era ya el Metro sino la cola que no se movía ni de un lado ni del otro. Sin duda mi amigo tenía razón, había llegado diciembre con la locura de Navidad.