sábado, febrero 04, 2006

Cuatro de febrero

Cuatro de febrero de 1992. Estalló la medianoche. Se hizo migas la madrugada. Metralletas. Disparos. Policías y militares corriendo por la calle. Confusa la televisión. Golpe de Estado, dijeron unos vecinos. El balcón abierto hacia la avenida no era la vista bonita de un 31 de diciembre con los cohetones, era la bienvenida a las balas, un punto estratégico para la muerte. Vivíamos muy cerca de la Casona. No entendíamos. Era mejor estar con el colchón en el piso. El niño dormía, indiferente, siempre ha sabido dormir ajeno al ruido. Se sabía protegido, teníamos que protegerlo. El niño estaba pequeño, muy pequeño. No había niña aún, ni siquiera aproximadamente. Y bueno, lo que faltaba ante la incertidumbre. No había leche en la nevera. Al día siguiente estaba planificado hacer mercado. Nunca hay que asumir el día siguiente como circunstancia lógica, no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy. Pero no éramos previsivos, claro que no, éramos de la gente que vive al día, de la gente que vive al día de mañana, de la gente además que tiene un país en el que no pasaba nada, ni siquiera pasaban escandalillos de corrupción aunque había corrupción, ni siquiera eran novedosas las páginas rojas, aunque hubiese exceso de sangre.
Entonces decidimos que teníamos que salir a territorio cierto. A Chacao, una isla europea enclavada en Caracas. A Chacao, espacio que garantizaba paz y distancia. Y salimos, qué serían, dos o tres de la madrugada. El niño abrigado y feliz -era su fiesta nocturna- en brazos del padre. Y la gente en la calle, algunos con sus automóviles, también huyendo quién sabe a dónde. Unos soldados corrían. Dos mujeres nos pidieron acompañarlas a buscar un soldadito muy joven que se desangraba. No veían que teníamos un niño en brazos. No veían que estábamos caminando a contracorriente, ajenos a la política, preservando a un niño que quizás se imaginaba dentro de una película de buenos y malos. Seguimos caminando y unos policías de civil -¿eran policías?- nos llevaron pocas cuadras en su carro negro. Tenían armas. Ibamos agachados en la parte de atrás del vehículo. Les disparaban. Finalmente salimos de ese carro y caminamos hasta Chacao, a la casa de la abuela y permanecimos allí hasta que todo estuvo quieto, hasta que volvió la normalidad.
Y cuando volvimos a casa, una paloma (¿la de la paz? -qué ingenua-) había tenido un palomito en nuestro balcón.
Claro, y desde ese día el país fue -o comenzó a ser- otro.

6 comentarios:

Silmariat, "El Antiguo Hechicero" dijo...
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Silmariat, "El Antiguo Hechicero" dijo...

"...Y amaneció de golpe".

Al leerte recordé el guión de José Ignacio, que tiempo después él mismo me leería entre humo y más humo, es uno de esos tesoros que la vida me ha dado y guardo dentro de mí.

Yo? Yo estaba en Valencia, esa madrugada me despertó el grito de uno de mis hermanos: "Tumbaron a Carlos Andrés!!!"

Días después, todo volvía a la normalidad -supuestamente- y una amiga se marchaba del país. Quién me iba a decir que tiempo después yo seguiría su estela?

El mundo es un tango, o un bolero, o un no sé qué






Todo lo mejor para ti.

PS: Algo perdimos TODOS en esa madrugada, verdad?

Martha Beatriz dijo...

La verdad maga,
yo me siento que somos los mismos negros con diferente cachimbo: sobre todo si revisamos la historia contemporanea: botas, botas, zapatos de suela, botas, bota, botas, zapatos de suela italianos, botas, botas?

elCapo dijo...

Estas son vainas de la desmemoria.

No sé...

LuisCarlos dijo...

Madre, ciudadana... pero ante todo periodista.
Es que se te sale...
jajaja

Reindertot dijo...

"Entonces decidimos que teníamos que salir a territorio cierto. A Chacao, una isla europea enclavada en Caracas. A Chacao, espacio que garantizaba paz y distancia"

!